Por años, en educación en diabetes se ha hablado que los pilares fundamentales del tratamiento son tres: terapia con medicamentos (insulina, hipoglucemiantes orales, etc.), alimentación y ejercicio.
Sin cuestionar que aquello es verdad, he asistido a muchas charlas, y casi ninguna, por no decir de frentón niguna, menciona al médico que atiende al paciente como otro pilar.
El otro día, estaba en la sede central de la FDJ y me encontré con el papá de una chiquita de 7 u 8 años que había conocido en una Sesión Familiar. Como siempre, le pregunté cómo estaban, y me dijo que salvo por una pequeña herida en un pie (no atribuible a la diabetes) la Vale estaba espectacular. A lo mejor su hemoglobina glicosilada no era lo que todos hubieran deseado, pero ella estaba feliz. Y la razón fundamental de esa felicidad era que se sentía cómoda con su tratamiento (lantus y novorapid), y más todavía, estaba muy contenta con su “nueva” doctora. Para que decir el regocijo de los padres, que ven en el cambio de médico, un cambio notable en la actitud de la niña para enfrentar su tratamiento, que ha redundado en una calidad de vida mejor.
Será que me estoy poniendo viejo (me acerco a las dos décadas de compartir con la Tía Betty), pero no pude abstraerme y recordar mis inicios en el mundo de los “dulcitos”.
Aquella fría y lluviosa tarde del 13 de junio de 1986, el doctor que confirmó el diagnóstico luego de ver los exámenes no encontró mejor forma para explicarme cómo cambiaría mi vida: “Ya no podrás tomar bebidas, no podrás comer chocolates, no podrás comer dulces, no podrás tomar helados ni comer duraznos en conservas… Y además tendrás que inyectarte tú mismo la insulina para toda la vida…”
Sonó bastante lapidario. Pero yo tenía 18 años y además era lo que se decía en esos tiempos… El punto es que hoy todavía quedan médicos que dicen lo mismo… y qué equivocados están. Porque lejos de ayudar al paciente, con tremenda sentencia le hacen un flaco favor a la adherencia que se debe desarrollar en las primeras etapas luego del diagnóstico.
Y algo así le debe haber sucedido a la Vale y a sus padres… Con la diferencia que estamos en el año 2006 ya.
Con aquel médico me seguí controlando por unos cuatro años hasta que él se jubiló y dejó de hacer consulta… Y las circuntancias de la vida me llevaron donde otra “profesional”, que lamentablemente no era chilena. Ella me veía cada tres meses, pero nunca me pidió una hemoglobina glicosilada… Sólo se limitaba a mirar mi cuaderno de glicemias y a preguntarme “cómo” me sentía. Claro, coincidió con un período de mi vida de mayor rebeldía frente a la diabetes: estaba trabajando muy bien, en lo que más me gustaba y disfrutaba de la vida acordándome de la diabetes sólo para inyectarme la única dosis del día de NPH… y nada más. Las glicemias, a veces, cuando estaban muy malas, simplemente las inventaba para estar dentro del “promedio”… Es que yo sentía a la “doctora” tan poco comprometida que como la diabetes no me dolía, daba lo mismo.
…Y así perdí prácticamente ocho años de tratamiento… Hasta que conocí a Tamara, mi señora, en el verano del ´94. Y ella, que es médico pediatra, cachó que yo estaba con un esquema un tanto antiguo, que no me controlaba como estaba dictando la pauta para esos años, con técnicas de multidosis… Y claro, la multidosis para la otra “doctora” era un poco “peligroso”, requiere un manejo más fino… O sea, supongo que me creería medio limítrofe mental, sin menospreciar claro está a quienes sufren ese daño…
Y Tamara, que no es tonta me dijo: “Pregúntale a tu “doctora” un par de cosas… además, pregúntale por qué no te manda a hacer una hemoglobina glicosilada…” Y ahí no más quedó demostrado que esa “doctora” no me servía para nada. Tal vez si hubiera tenido Diabetes Tipo 2, y ni siquiera eso. Su conocimiento era tan limitado, su manejo de nuevos tratamientos, nulo… que la verdad fue que me despedí amigablemente con la certeza de no volver nunca a verla.
Y así fue como llegué hasta quien es hasta hoy mi médico tratante, el que me recibió con un puñetazo en la guata literalmente, luego de escuchar mi historia y darse cuenta que había perdido un tiempo precioso.
Él me explicó por qué estaba con un tratamiento anticuado, y todo el efecto negativo que aquello estaba teniendo en mi organismo y las implicancias futuras, no muy esperanzadoras les diré.
Y mi vida cambió. Y cambió para bien… Hoy disfruto de mi vida junto a mi esposa y mi hijo de 7 años, sin ninguna complicación, con 6,1 de hemoglobina glicosilada, usando lantus y novorapid, inyectándome cuando sea necesario… como el otro día, que había duraznos en conservas con crema de postre en la casa de mis papás… ¿Qué habría dicho mi primer doctor al verme degustar esa exquisitez?
Cada vez que puedo, le digo a otros diabéticos o sus padres que deben sentirse cómodos con su médico. Que es en la confianza absoluta en lo que se basa dicha relación, que el médico debe ser capaz de responder todas, todas sus consultas, sin cuestionarlas, para eso está… Y si no, en la medida de lo posible claro está, entra a operar el libre mercado: tú eliges.
Hoy, cuando el AUGE nos “designa” al médico que nos atenderá el punto se hace crucial. Muchos hemos optado por mantener las visitas al médico de siempre (aunque signifique un pago extra) y “usar” al de la isapre como un mero expendedor de recetas. Sin embargo, es sabido que a través del AUGE hay varios profesionales de reconocida calidad, por lo que resta sólo informarse para ver hasta dónde se puede elegir.
Porque el manejo de la diabetes no es como la mesa de restaurante: si cojea una de las cuatro patas, en este caso no basta con poner una tapa de bebida para estabilizarla.